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Ana Zubiaga: "Nuestra salud depende de la salud de todo lo que nos rodea"

La catedrática de Genética de la EHU y presidenta de Jakiunde, Ana Zubiaga, ofreció el pasado 15 de septiembre la tercera Conferencia Ricardo Echepare en el Palacio Miramar de San Sebastián, en el marco de los Cursos de Verano de la EHU. Bajo el título "Un único planeta, una sola salud: la biología de un mundo interconectado", abordó las conexiones entre la salud humana, animal y ambiental. Conversamos con ella sobre el enfoque One Health, los desafíos sanitarios globales, los avances de la genética y la necesidad de una ciencia cada vez más interdisciplinar.

¿Por qué no podemos entender la salud humana separada de la salud animal y del medio ambiente?

La biología no reconoce las fronteras que nosotros hemos establecido entre la salud humana, animal y ambiental. Nos ha demostrado que compartimos una evolución, genes, funciones biológicas e incluso enfermedades y microorganismos con otros animales.

De manera que, cuando se produce alguna alteración en uno de estos ámbitos, normalmente repercute en los demás, porque todos son interdependientes y están relacionados. No podemos considerar la salud humana de forma aislada. La salud surge precisamente de esa interconexión entre los diferentes ámbitos. Nuestra salud depende de la salud de todo lo que nos rodea.

¿Qué ejemplo muestra mejor hasta qué punto estamos biológicamente conectados con otras especies?

El hecho de que compartamos genes. Cuanto más cercanos estamos evolutivamente, más genes tenemos en común. Por ejemplo, con el chimpancé compartimos alrededor del 99 % de los genes. Pero, si miramos un poco más lejos, a especies como un pez o un ratón, con las que estamos evolutivamente más alejados, seguimos compartiendo aproximadamente un 80 %. Incluso con la calabaza, de la que estamos bastante distantes evolutivamente, compartimos hasta un 50 %.

Pero no solo compartimos genes, sino también las funciones biológicas que dependen de ellos. Hay un ejemplo que me parece especialmente llamativo: el gen humano PAX6, que codifica una proteína implicada en el desarrollo del ojo. Si insertamos este gen en otro ser vivo, por ejemplo, una mosca, esta es capaz de interpretar la información que contiene y generar un ojo. Obviamente, genera un ojo de mosca, porque no sabe hacer un ojo humano, pero es un ojo. Es decir, es capaz de interpretar la información codificada en un gen de otra especie.

Otra característica que compartimos son los microorganismos. Nosotros no somos realmente una unidad autónoma, sino que somos metaorganismos, porque en nuestro interior tenemos toda una constelación de microorganismos que viven con nosotros y que podemos compartir con otros animales o incluso con las plantas.

Los microorganismos son, en cierto modo, lo que conecta a todo el planeta, porque se transfieren de un ser vivo a otro. Son muchas las cosas que compartimos y que ponen de manifiesto hasta qué punto estamos conectados.

¿Qué amenaza relacionada con One Health estamos infravalorando y podría provocar la próxima gran crisis sanitaria?

Seguramente hay bastantes amenazas que podrían desencadenar una crisis sanitaria, pero, si tuviera que escoger una, sería la degradación ambiental y la contaminación.

Lo digo porque creo que todavía consideramos la contaminación como un problema ambiental separado de la salud, cuando en realidad es un problema sanitario fundamental. Los contaminantes pueden generarse en un lugar concreto, pero no se quedan ahí. Se liberan, se diseminan y pasan por diferentes ecosistemas, a través del aire, el suelo o los alimentos, hasta llegar a numerosos seres vivos.

Además, estos contaminantes pueden acumularse y generar derivados, lo que agrava todavía más el problema. Así, algo que inicialmente podía tener un efecto local acaba afectando a múltiples especies y ecosistemas. Es un ejemplo muy claro de One Health, porque están implicadas todas las dimensiones de la salud. Creo que es uno de los problemas más graves a los que podemos enfrentarnos en los próximos años.

Y, aunque pueda sonar un poco a ciencia ficción, hay otra cuestión que me preocupa. Estamos oyendo hablar constantemente de inteligencia artificial y no podemos descartar que una IA avanzada pueda utilizarse con fines maliciosos, por ejemplo, para crear un nuevo agente patógeno o modificar uno existente con fines de bioterrorismo.

Es posible que todavía estemos lejos de ese escenario, pero tampoco sabemos muy bien hasta dónde está llegando la inteligencia artificial. Creo que son cuestiones que deberían abordarse y sobre las que tenemos que ser conscientes de los riesgos.

A mí, personalmente, me genera cierta inquietud. Recuerdo que hablábamos de bioterrorismo a finales de la Guerra Fría y después prácticamente nos olvidamos del asunto. Sin embargo, en los últimos días ha vuelto a aparecer en el debate, incluso de la mano de responsables de empresas de inteligencia artificial. Eso genera dudas y nos hace pensar que podría haber riesgos asociados a estos desarrollos.

¿Cómo puede el uso de antibióticos en personas o animales convertirse en un problema para toda la sociedad? ¿Estamos reaccionando a tiempo?

La resistencia a los antimicrobianos es un ejemplo muy claro de por qué necesitamos un enfoque One Health.

Las bacterias son capaces de adquirir resistencias de distintas maneras. Normalmente pensamos en la presión que ejerce un antibiótico y en cómo, a raíz de ella, aparecen resistencias. Pero las bacterias tienen otros mecanismos. Por ejemplo, pueden transferirse genes de resistencia unas a otras, incluso entre especies diferentes.

De una manera u otra, sabemos que los genes de resistencia y los microorganismos resistentes se están diseminando a escala global. A veces tendemos a pensar que las resistencias proceden de los hospitales, que también, pero existen muchas otras vías.

Una de ellas es el uso de antibióticos en animales de granja, donde en ocasiones se administran en grandes cantidades y pueden favorecer la aparición de resistencias.

Por tanto, las vías por las que compartimos genes de resistencia son numerosas y eso exige políticas globales. No basta con que una región o un país establezca normas mucho más estrictas sobre el uso de antibióticos si el país vecino no hace lo mismo. El problema seguirá existiendo.

Creo que todavía no somos suficientemente conscientes de que esta amenaza continúa creciendo y no estamos adoptando las medidas necesarias para detenerla o, al menos, reducirla.

Tras cuatro décadas en genética, ¿qué avance científico actual le habría resultado más difícil de imaginar al comenzar su carrera?

La verdad es que muchos, porque la ciencia ha cambiado una barbaridad en los últimos 20 o 30 años de mi actividad investigadora. Pero, si tuviera que destacar uno, especialmente por su relación con mi trabajo, sería la capacidad de secuenciar genomas.

En los últimos 20 o 25 años se ha producido una revolución tremenda en este ámbito. Los avances tecnológicos han permitido secuenciar muchísimos genomas de manera rápida y a un coste bastante asequible.

Pero, al mismo tiempo, también se ha producido un gran desarrollo computacional. Porque no basta con generar una enorme cantidad de secuencias y datos: después hay que analizarlos, integrarlos e interpretarlos. Y ha sido precisamente ese avance computacional el que nos ha permitido dar sentido a toda esa información.

Esto ha supuesto un cambio de escala muy importante. La mayor parte de mi actividad investigadora se ha centrado en estudiar genes concretos, pero ahora somos capaces de analizar todos los genes de una célula a la vez.

Podemos tener una visión mucho más global, casi como si observáramos desde un dron, y estudiar la actividad de todos los genes de una manera integrada. Eso nos proporciona una información mucho más completa de lo que está ocurriendo en una célula o en un tejido.

Ha sido un cambio cualitativo extraordinario.

¿Están las universidades y los centros de investigación preparados para trabajar de forma realmente interdisciplinar?

Menos de lo que nos gustaría. Normalmente, la ciencia avanza más rápido que las estructuras.

Las universidades y los centros de investigación están organizados por disciplinas: biología, medicina, veterinaria… Y eso está bien, porque permite una especialización que es importante para generar conocimiento de calidad.

Pero cuando empezamos a plantear enfoques como One Health, esa organización ya no es suficiente. Necesitamos capacidades de todos esos ámbitos y, sobre todo, no basta con reunirlas: hay que integrar el conocimiento para obtener una visión mucho más amplia.

Porque no estamos analizando un único sistema, sino muchos sistemas simultáneamente. Y para eso necesitamos un grado de integración que todavía nos está costando alcanzar a escala global. También hacen falta mayores desarrollos computacionales para interpretar la enorme cantidad de datos que se generan.

Creo que se están haciendo esfuerzos y hay iniciativas interesantes. Por ejemplo, estoy implicada en el Nodo Vasco de One Health, en el que participan numerosos agentes. Está coordinado principalmente desde centros universitarios de la EHU el PiE- EHU y el EHU-iBio y cuenta también con la participación de entidades como el Basque Centre for Climate Change (BC3), AZTI, NEIKER, BIO-GIPUZKOA y distintos grupos de la propia EHU.

La idea es precisamente esa: empezar a trabajar de manera conjunta e integrada para abordar los retos relacionados con una sola salud.

¿Por qué cuesta convertir el conocimiento científico en decisiones políticas y sociales, y qué papel deben tener los científicos?

Es un problema recurrente. El conocimiento científico se genera, pero muchas veces encuentra dificultades para llegar a la sociedad o traducirse en decisiones políticas. Seguramente las razones son múltiples, entre ellas la lentitud de los procesos y la falta de coordinación.

Un ejemplo muy claro es el cambio climático. Las evidencias científicas son abrumadoras y creo que la mayor parte de la población lo entiende así. Sin embargo, todavía no hemos sido capaces de definir políticas globales que permitan abordar este problema de una manera realmente eficaz. Llevamos mucho tiempo hablando de ello y seguimos sin avanzar lo suficiente.

Como científicos, nuestra responsabilidad es generar conocimiento riguroso. Tenemos que explicar lo que sabemos, pero también lo que no sabemos. Además, debemos transmitir ese conocimiento a la sociedad de una manera comprensible.

Creo que también tenemos la responsabilidad de participar en el debate público. Esa es la parte que nos corresponde.

Una vez que trasladamos el conocimiento científico a la sociedad y al espacio público, entran en juego otros mecanismos de decisión. Pero espero que ese conocimiento forme parte de los debates que se desarrollen tanto en la sociedad como en las instituciones.

Después de más de cuatro décadas estudiando la biología, ¿qué gran pregunta sobre la vida le sigue intrigando?

Después de todos estos años he acumulado muchas más dudas que respuestas. Creo que eso nos pasa a todos los científicos y, en general, a cualquiera que intenta comprender cómo funciona la vida.

Hay una cuestión que me parece especialmente interesante y que tiene que ver con lo que hemos aprendido en los últimos años. Hemos avanzado mucho en nuestra capacidad para entender, a una escala cada vez más amplia, cómo funcionan las células y los tejidos en su conjunto.

Pero creo que el siguiente gran reto está en las conexiones. Esa es la palabra clave: las conexiones.

Todavía tendemos a entender un organismo como una suma de sistemas que parecen funcionar de manera independiente. Quien estudia el sistema nervioso sabe mucho de él, pero a veces es como si ese sistema estuviera separado del intestino, del corazón o del sistema inmunológico.

Sabemos que no es así. Lo que ocurre es que todavía no disponemos de todas las herramientas necesarias para estudiar esas conexiones, que son vitales. Un organismo funciona porque todos sus sistemas están comunicados, y puede dejar de funcionar correctamente cuando se produce alguna alteración en esas relaciones.

Comprender cómo se conecta el sistema inmunológico con el nervioso, o cómo se relacionan el sistema endocrino, el nervioso y el inmunológico, es uno de los grandes retos que tenemos por delante.

Para abordarlo necesitaremos análisis mucho más globales, como los genómicos y proteómicos, además de herramientas de inteligencia artificial.

Y lo mismo que planteamos a escala de un organismo podemos trasladarlo a los ecosistemas. Sabemos poquísimo sobre las conexiones que se establecen entre los distintos seres vivos. Incluso dentro de nuestro propio organismo conocemos todavía muy poco sobre las relaciones entre los microorganismos que viven con nosotros y nuestras células.

Apenas hemos empezado a explorar ese mundo. Es enormemente complejo y necesitaremos muchas más herramientas. Espero que algunas de ellas lleguen de la buena inteligencia artificial y nos permitan comprender mejor todas esas interacciones.

Porque, al final, entender esas conexiones también nos ayudará a comprender mucho mejor qué significa realmente eso de una sola salud.

Si el público tuviera que quedarse con una sola idea de su conferencia, ¿cuál le gustaría que fuese?

Una frase muy corta: nuestra salud depende de la salud de todo lo que nos rodea.