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Carlos de Hita: "Cuando faltan voces en la naturaleza, el silencio es el relato de la crisis"

El especialista en paisajes sonoros, comunicador y escritor Carlos de Hita nos invita a descubrir la naturaleza a través de la escucha. En el marco de la Escuela de Comunicación Ambiental 2026 de los Cursos de Verano, reflexiona sobre cómo suenan la biodiversidad y su pérdida, las huellas acústicas del cambio climático y la importancia de recuperar una escucha atenta para construir una ciudadanía más crítica y consciente.

El paisaje sonoro es mucho más que el conjunto de sonidos que nos rodean: es una forma de conocer e interpretar la naturaleza y sus transformaciones. Los cantos de las aves, los sonidos de los insectos o incluso la ausencia de determinadas voces nos hablan del estado de los ecosistemas y de los cambios que están experimentando.

Carlos de Hita, comunicador, escritor y colaborador de la Cadena SER, ha dedicado buena parte de su trayectoria a escuchar, registrar e interpretar los sonidos del mundo natural. El 10 de septiembre participó en la Escuela de Comunicación Ambiental 2026. Narrativas climáticas: relatos para la acción, organizada dentro de los Cursos de Verano bajo la dirección de Ihobe y APIA, con la sesión inspiradora "Sonidos de la naturaleza".

Conversamos con él sobre el valor de la escucha, las dificultades de registrar la vida silvestre, los cambios que el calentamiento global está introduciendo en nuestros paisajes sonoros y el papel de las nuevas tecnologías. Su reflexión plantea una idea fundamental: para proteger la naturaleza, primero debemos aprender a reconocerla y escucharla.

¿Cuáles son los tres elementos imprescindibles para aprender a escuchar la naturaleza?

El primero es la paciencia. Escuchar la naturaleza implica una forma pausada y tranquila de caminar por el campo. Ir de oídas, con el oído atento, significa ir despacio. Cuando llegas a un lugar, necesitas esperar a que los animales y el entorno se tranquilicen y vuelvan a sonar con normalidad.

El segundo es la capacidad de conectar con las historias que no vemos a través de lo que escuchamos. La escucha del paisaje implica un ejercicio intelectual: no se trata solamente de oír, sino de comprender la diversidad de lenguajes y voces que lo habitan y que, además, no necesariamente se dirigen a quienes escuchan. Los animales se comunican entre sí, no se dirigen a las personas. Por eso necesitamos desarrollar la capacidad de interpretar y deducir lo que está sucediendo.

Y el tercero es una cierta exigencia. Vivimos en un mundo muy ruidoso, rodeados de maquinaria, aviones y todo tipo de sonidos artificiales. Tenemos que ser exigentes con la calidad acústica de los lugares, del mismo modo que lo somos con la calidad visual del paisaje o con la contaminación del aire y del agua. Debemos aprender a exigir también una buena calidad del paisaje sonoro.

¿Cómo transcurre una sesión de grabación en la naturaleza? ¿Existe alguna rutina o método de trabajo?

No existe una rutina única, porque cada situación, cada grabación y cada escenario requieren una actitud y una aproximación diferentes.

Si quieres grabar ambientes, paisajes abiertos o bosques lejanos, necesitas encontrar un lugar bien situado, libre de ruidos que interfieran en la grabación. Desde allí puedes registrar la panorámica sonora, ese telón de fondo que caracteriza un paisaje.

En cambio, cuando buscas el sonido de un animal concreto, necesitas recurrir a distintas tácticas de aproximación y ocultamiento. Pero mi experiencia me ha enseñado que, salvo en el caso de especies muy determinadas, las grandes sorpresas suelen llegar por azar. Puedes salir a buscar un animal y no encontrarlo, pero en su lugar aparecen becadas, corzos o codornices.

Por eso creo que la actitud más saludable al salir a grabar es tener objetivos, pero mantener siempre los oídos muy abiertos y los micrófonos preparados para lo que pueda surgir inesperadamente.

¿Es la noche el mejor momento para escuchar y grabar la naturaleza? ¿Ha vivido alguna experiencia especialmente sorprendente durante esas grabaciones?

No hay momentos mejores ni peores. Cada hora del día, cada estación del año y cada lugar tienen su propia biofonía, su propia banda sonora.

Si buscas el sonido del calor, tendrás que salir en días calurosos, cuando los insectos están activos y todo parece crepitar en un ambiente reseco. Si quieres registrar un entorno profundo y silencioso, probablemente tendrás que buscarlo durante la noche. Lo interesante es descubrir todas esas sonoridades.

Ahora bien, la noche tiene algo especial. Cuando la vista deja de ser útil, el oído lo cuenta todo. Además, se produce un fenómeno acústico fascinante: en el ambiente húmedo, fresco y silencioso de la noche, las frecuencias agudas se propagan más lejos. Se da así una paradoja que me atrae mucho: en la oscuridad, el sonido brilla.

En cuanto a las experiencias más sorprendentes, casi siempre tienen que ver con animales que pasan muy cerca de ti. Puede ser un zorro, un lobo, un lince o una foca en la costa. Tú estás allí, tranquilamente, y ellos, que ya te han visto, olido o percibido de mil maneras, simplemente te ignoran y pasan a tu lado.

Esa sensación de que te ignoran, que podría parecer humillante, es en realidad una de las mayores satisfacciones que puede experimentar un naturalista: darte cuenta de que los animales no te consideran una amenaza.

Ahora que estamos en otoño, ¿cómo cambia el paisaje sonoro de la naturaleza con la llegada de esta estación?

El otoño es una estación de transición. Venimos de la primavera y el verano, cuando los animales están más activos desde el punto de vista acústico, especialmente por la reproducción, y nos dirigimos hacia las pausas invernales, cuando el campo se vuelve mucho más silencioso.

El otoño se caracteriza por grandes silencios interrumpidos por grandes estrépitos. En medio de un campo silencioso pueden aparecer de pronto mil grullas, o los ciervos pueden entrar en celo y comenzar a emitir sus bramidos.

Pero, en general, el campo está mucho más callado. En nuestra zona del mundo, en las regiones templadas, la estación más sonora es, sin duda, la primavera. Es cuando muchos animales están en celo y utilizan el sonido para marcar territorios, atraer parejas o comunicarse.

Todo ello, por supuesto, con permiso de los insectos, los grillos y los saltamontes, que constituyen un componente fundamental del paisaje sonoro durante los meses de calor.

A lo largo de su trayectoria, ¿cuál ha sido el sonido más difícil de registrar?

La dificultad de una grabación depende fundamentalmente de dos factores: el comportamiento del animal y su abundancia.

Hay especies muy esquivas o silenciosas, como el lobo. Es un animal que sabe que, si aúlla, puede delatar su presencia y exponerse a ser perseguido. Aunque se conozcan aproximadamente los territorios donde habita, resulta muy complicado estar en el lugar preciso cuando decide aullar.

La otra gran dificultad es la escasez de ejemplares. En mi trayectoria, el caso más complicado ha sido el del lince ibérico. Durante muchos inviernos salía a intentar grabarlo. El lince entra en celo entre diciembre y enero, durante las noches frías, y ese era el momento de buscar sus vocalizaciones.

Muchas veces acudía a lugares donde había linces y no conseguía grabarlos, sencillamente porque había tan pocos que no emitían ningún sonido. Afortunadamente, gracias a los programas de recuperación, su población ha ido aumentando y ahora ya no resulta tan difícil registrarlos.

Y a todo esto hay que añadir otra dificultad: conseguir que, mientras estás grabando, no pase un avión por encima o aparezca alguien con una motosierra y lo llene todo de ruido.

Habitualmente, la crisis climática se comunica a través de imágenes. Pero ¿podemos escuchar el cambio climático? ¿Qué sonidos nos advierten de sus consecuencias?

Sí, el cambio climático tiene sonido. El paisaje sonoro es el relato de la naturaleza contado con sus propias voces.

Un paisaje con muchas voces, con una gran diversidad acústica, es un paisaje biodiverso. Por la misma razón, cuando desaparecen esas voces, el silencio se convierte en un relato: el relato de la crisis. Y si a ese silencio le añadimos el ruido, tenemos una representación muy clara de lo que está sucediendo en la Tierra.

Hay que distinguir, sin embargo, entre diferentes crisis ambientales. La contaminación acústica, la erosión del suelo provocada por la agricultura intensiva o el uso de pesticidas no son fenómenos estrictamente climáticos. Son problemas que afectan a la naturaleza y que también se manifiestan a través del ruido o de la desaparición de determinadas voces.

Todas estas crisis actúan conjuntamente y se ven agravadas por la gran crisis global del calentamiento climático.

En concreto, el cambio climático está transformando nuestros paisajes sonoros de dos maneras. Una es mediante la incorporación de voces nuevas. En España están apareciendo aves procedentes del norte de África, como los tejedores africanos o los bulbules, que entran por el sur de la península y van ocupando nuevos territorios a medida que aumentan las temperaturas. Los paisajes sonoros, de alguna manera, se desplazan hacia el norte.

La otra transformación se produce cuando especies autóctonas empiezan a aparecer en lugares donde antes no estaban presentes. Es el caso de las cigarras o chicharras, cuyo sonido comienza a escucharse en bosques fríos de montaña donde anteriormente no cantaban.

Para mí, esos son dos sonidos especialmente representativos del cambio climático: el canto de las aves que llegan de África y el de las chicharras que empiezan a sonar donde antes no lo hacían.

La inteligencia artificial está transformando también el ámbito del sonido. ¿Qué oportunidades y riesgos plantea para quienes se dedican a escuchar e interpretar la naturaleza?

Vivimos rodeados de sonidos, pero en el mundo audiovisual y de la comunicación el paisaje sonoro ha ocupado tradicionalmente un papel secundario, casi de relleno, frente a la palabra y la música.

En los últimos tiempos, la inteligencia artificial está transformando profundamente las técnicas de grabación, análisis e interpretación del audio. Y creo que, por ahora, es una herramienta extraordinariamente eficaz y útil.

Hoy llevamos en el teléfono aplicaciones capaces de reconocer el canto de las aves a partir de una grabación. Para quienes nos dedicamos a esto, es algo que durante mucho tiempo parecía un sueño. Poder identificar inmediatamente si lo que escuchas es un bulbul o cualquier otra especie supone una ayuda enorme.

Pero también existe una contrapartida. Cuando una máquina te proporciona directamente la respuesta, dejas de esforzarte por aprender a reconocerla. Con el teléfono en el bolsillo puedo disponer de conocimientos comparables a los de una persona experta, porque la aplicación me ofrece la información.Pero eso no significa que yo haya aprendido.

Yo pertenezco a otra generación y tengo una idea muy clara: observar la naturaleza es una experiencia; identificar una especie mediante el teléfono móvil es obtener un dato. Y yo me quedo con las experiencias.

¿Puede la escucha atenta de la naturaleza contribuir a combatir la crisis climática y la pérdida de biodiversidad?

Para mí, la escucha atenta es una forma de construir una ciudadanía crítica.

Durante los meses de confinamiento por la pandemia ocurrió algo muy revelador. Cuando cesó buena parte del ruido habitual, muchas personas abrían las ventanas de sus casas, en las ciudades, y descubrían los sonidos de la naturaleza. Decían que la naturaleza había vuelto a la ciudad.

Pero no había vuelto. Siempre había estado allí. Lo que sucedía es que nadie la escuchaba.

A la gente le gustó descubrir que, más allá del ruido cotidiano, existía todo ese mundo sonoro. Creo que muchas personas pensamos entonces que saldríamos de aquella experiencia con una mirada un poco más crítica y una mayor conciencia de la importancia de nuestro entorno. No estoy seguro de que haya sucedido así.

Sin embargo, sigo creyendo que conocer la naturaleza, ya sea a través del oído, de la vista, de los olores o de los colores, es una manera de desarrollar esa conciencia crítica.

Escuchar nos permite reconocer lo que tenemos, comprender lo que está cambiando y exigir unas mejores condiciones ambientales. Queremos un mundo que suene bien, no un mundo en el que todo se escuche sobre un telón de fondo de ruido.