El maternaje cómo espejo de vivencias no contadas
La psicóloga Rosa Lizarraga Marañón reflexiona sobre cómo influyen las experiencias de abuso sexual infantil en el maternaje, analiza los retos del acompañamiento a mujeres supervivientes y subraya la importancia del vínculo en una intervención sociosanitaria
Rosa Lizarraga Marañón, es una psicóloga general sanitaria con más de 20 años de experiencia en el ámbito público y psicoterapeuta infanto-juvenil especializada en la atención a víctimas menores de abuso sexual. Actualmente, desarrolla su labor en el equipo especializado de la Diputación Foral de Bizkaia y participa en la formación de profesionales sobre prevención, detección e intervención en abuso sexual infantil. El pasado 20 y 21 de julio participó como ponente en el Curso de Verano de la EHU Violencias y Maternaje, donde abordó las consecuencias del abuso sexual infantil en el proceso de maternaje y formó parte de la mesa redonda sobre los Recursos y limitaciones en el acompañamiento y asistencia a mujeres víctimas de violencia durante la maternidad en la red sociosanitaria de Euskadi.
¿De qué manera puede influir un abuso sexual sufrido en la infancia en el maternaje?
Influye definitivamente. Hay que tener en cuenta que el abuso sexual es la intromisión de un adulto en la sexualidad en el cuerpo de un niño o niña y eso va a dejar un impacto, una huella en ese cuerpo que luego se va a actualizar.
Se debe diferenciar entre el cuerpo y, por otro, el vínculo. Normalmente, cuando hablamos de abusos, hablamos de una situación en la que se produce por parte de alguien del entorno con quien el menor tiene una relación de confianza. Eso va a minar todo lo que tiene que ver con la confianza en el otro, que es, precisamente, lo que después tiene que establecer con el nuevo bebé. Todo lo que tiene que ver con el vínculo va a quedar, de alguna forma, afectado.
Pero hay que dejar claro que no es por el hecho de haber sufrido abuso. A veces las personas que han vivido estas situaciones piensan que eso significa que su vida va a ser así para siempre, y no es verdad. Si tú has sufrido una situación de abuso y, en su momento, lo has podido contar, te han creído y te han atendido, puedes tener alguna secuela, pero puedes estar recuperada y ejercer perfectamente la maternidad.
Nosotros hablamos siempre de mujeres que sufrieron abuso durante mucho tiempo por parte de alguien de su entorno, que no lo han podido contar o que lo contaron y nadie les creyó. Nunca les han ayudado y eso es lo que va a quedar dentro de su cuerpo y de su cabeza, sin simbolizar, sin darle sentido. Y es lo que se va a reactivar cuando sean madres. Pero, incluso en ese caso, haber sufrido un abuso no significa necesariamente que luego vaya a ir todo mal en la maternidad.
¿Existen patrones o dificultades que se repitan con frecuencia?
Sí. Lo más habitual es que se den dos posturas: Que la madre sea hiperprotectora con el bebé y no deje que desarrolle su autonomía. Estará todo el rato pensando que le va a pasar algo, porque toda su personalidad y su maternidad se organizan en torno a evitar que vuelva a suceder el abuso.
O, todo lo contrario, que no sea capaz de detectar las situaciones de peligro y exponer a esos menores ante esas situaciones de peligro.
¿Qué actuaciones bienintencionadas pueden perjudicar a las madres supervivientes de abuso y cómo deberían actuar las y los profesionales y su entorno?
Es muy interesante porque, sobre todo, es donde nosotros vemos la mayor dificultad. Como genera tanta angustia, en cuanto alguien nos dice que ha sido víctima de abuso tendemos a centrarnos en ello y a hablarlo.
El abuso tiene dos tiempos: el primero es aquel en el que te ocurre y el segundo es cuando le das significado y comprendes lo que ha pasado. Entre uno y otro pueden pasar un año, veinte o treinta y nunca sabemos en cuál de esos tiempos se encuentra la persona.
“Sin generar un vínculo con esa persona, es imposible acompañar”
Hay una tendencia, en ese afán por detectar el abuso, a preguntar directamente en las entrevistas si la persona ha sufrido una situación de este tipo. Eso puede hacer que tome conciencia de lo que le ha pasado en ese momento y desencadenar un cuadro de estrés postraumático. Este proceso requiere tiempo, paciencia y acompañamiento. Aunque nosotros veamos la situación, no hay que ir a por ella ni nombrarla como tal. Hay que dar tiempo y espacio, debemos ir al tiempo de las personas que lo han sufrido. Ahí es donde los profesionales encuentran más dificultades, precisamente desde la angustia y la buena intención.
Esto es una relación y un vínculo. Sin generar un vínculo con esa persona, es imposible acompañar. La víctima no va a contar nada, no se va a abrir.
No es nuestro objetivo. Nuestro objetivo debe ser pausado, darle tiempo y generar vínculo. Y, si quiere, en algún momento lo contará. Hay que tener paciencia.
¿Puede esa experiencia condicionar su forma de ejercer la maternidad y su vida en general?
Claro. La maternidad es un momento en el que, muchas veces, se produce una resignificación. Hasta entonces, muchas mujeres lo han podido sobrellevar en secreto, calladas. Quizás hayan tenido alguna dificultad en las relaciones sexuales, pero más o menos lo van salvando.
Pero cuando eres madre, ahí es cuando hace de espejo. Tu propio bebé te va a recordar a ti misma, a lo que te pasó cuando eras pequeña, porque va a reactivar esos vínculos, esas relaciones. Entonces, todo se va a reactivar y es cuando normalmente empiezan los síntomas.
Es más, la sintomatología es difusa. Es raro que una mujer víctima lo diga abiertamente: “Vengo porque he sufrido un abuso”. No es lo habitual y es más común que se expresen con frases como “me siento mal cuando tengo que cambiar el pañal a mi hijo”, “mi primo me hacía cosas raras” y sentir malestar, dificultades para dormir, angustia o ansiedad.
A partir de ahí, en la relación y en el acompañamiento, es cuando hay que intentar comprender qué es lo que está pasando.
Durante la infancia no siempre somos conscientes de lo que ocurre, pero ¿el cuerpo recuerda más que la mente?
Esas situaciones se pueden reactivar con el tiempo. En la maternidad el cuerpo cambia mucho cada día con el embarazo, el parto o la lactancia. Además, la relación con el niño, al ser otro cuerpo desnudo con el que se tiene relación piel con piel, también puede provocarlo.
El cuerpo mucho más rápido que la mente y reactiva los recuerdos de forma más acelerada.