Paciencia y mirada largoplacista: las claves de Daniel Innerarity para renovar y mantener la democracia
El filósofo y ensayista bilbaíno señala que la sociedad vive en un entorno político y académico volcado en la velocidad sin capacidad de anticipación a los problemas.
Daniel Innerarity (Bilbao, 1959), catedrático de filosofía política, investigador de Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática, participó el pasado 30 de junio en la inauguración oficial de la 45ª edición de los Cursos de Verano de la EHU. Innerarity fue uno de los interventores del acto con la conferencia inaugural “El futuro de la democracia | Demokraziaren etorkizuna”, donde señaló que el futuro de la democracia no está escrito de antemano, sino que dependerá de la capacidad de adaptación de las sociedades a un mundo en transformación. Coincidiendo con su intervención, Daniel Innerarity atiende a UIK para tratar el futuro de la democracia y la sociedad.
¿Por qué cree que hoy la cuestión del futuro se ha convertido en uno de los grandes retos de las democracias?
Cuando se habla del futuro de la democracia, la clave de la cuestión está en el genitivo: ¿Qué significa “de la democracia”? Creo que tiene tres significados. Primero, si la democracia tiene futuro, ¿Qué futuro tiene la democracia? En ese caso, estaríamos hablando de la supervivencia de la democracia en un mundo hostil a esa forma de gobierno.
En segundo lugar, ¿de qué manera en las democracias se gestiona el futuro? Con esto nos referimos a políticas del tiempo. Vivimos en un entorno político volcado en el cortoplacismo, que deriva en problemas de sostenibilidad, cambio climático, etc. Ante ello, la democracia no está gestionando muy bien el futuro y por lo tanto, se acaba comparando a esta con regímenes autoritarios donde se mantiene la línea política al no haber cambios electorales. Esto es un desafío.
Y, en tercer lugar, el futuro de la democracia entendido como el futuro que nos proporciona la democracia. En ese caso, ¿es un futuro verosímil? ¿compartido? ¿igualitario? Probablemente la gran discusión o el gran conflicto social que hoy en día existe es entre quienes tienen el futuro de su parte y quienes consideran el futuro como algo completamente inasequible.
¿Está preparada la democracia para gestionar un mundo cada vez más complejo o necesita reinventarse para seguir siendo eficaz?
Mi tesis parte de una constatación que considero innegable. La democracia se diseñó hace 300 años, aproximadamente, para un mundo que no es el actual. Un mundo de ciudades-estado, ciudades pequeñas o imperios, pero con una gran homogeneidad cultural y religiosa y con tecnologías muy poco sofisticadas, donde, por ejemplo, aún no había cambio climático. En mi opinión, la única solución es que hagamos la democracia más compleja. Es decir, la democracia va a ser mejor si permitimos que intervenga en ella un conjunto de valores más amplios que los actuales. Esta realidad exige, tanto a investigadores como a autoridades políticas, pensar conceptos que no son muy apropiados para el mundo que tenemos y cómo los podemos mantener y qué transformaciones tiene que haber en los conceptos como la soberanía, la representación y la participación. Estos resultaban relativamente fáciles de conseguir en un mundo anterior al actual, un mundo de interacciones, de interdependencias, con nuevos conflictos y con tecnologías de enorme sofisticación.
Esa es la tarea que nuestra generación y las venideras tienen por delante.
¿Cómo puede la democracia recuperar la confianza de una ciudadanía que demanda respuestas inmediatas sin renunciar a la deliberación y al consenso?
La democracia es un sistema de toma de decisiones políticas que, por su propia naturaleza, es lento. ¿Por qué? Porque se supone que para que una decisión sea legítima tiene que representar los intereses de todos y todas, dando voz a todos los afectados y a través de un proceso de deliberación pública. Este proceso requiere tiempo. Se puede acortar, se pueden usar procedimientos abreviados, pero hay un elemento de ocio en la política, de desaceleración y de pausa del tiempo para reflexionar juntos.
Vemos desafiadas las democracias por sistemas de Gobierno que prometen rapidez y que prometen ahorrarse todos esos pasos. Los tecnoligarcas norteamericanos, como Elon Musk, señalan que la democracia no es un procedimiento adecuado para resolver nuestros problemas, precisamente, por su lentitud. Asocian la palabra “estado” a burocracia o pesadez. En parte tienen razón, pero no de forma absoluta: quieren llegar a un punto muy rápido, al que quizá, no valga la pena llegar. La gran cuestión es que nosotros decidamos nuestro destino, el método para llegar a él es secundario.
“Hay una gran agitación en torno al presente,
pero hay muy poco esfuerzo de anticipación”
¿Cuáles considera hoy las reformas o cambios más urgentes para fortalecer nuestras democracias?
El elemento más importante para la renovación de la democracia es el futuro. Es decir, la introducción de una temporalidad más lenta y largoplacista. Más anticipatoria que la actual. Vivimos en democracia sin tiempo, donde los actores van a muchísima velocidad y los temas se superponen continuamente. Hay una gran agitación en torno al presente, pero hay muy poco esfuerzo de anticipación. Si pensamos en las últimas crisis que hemos tenido este siglo, todas nos han pillado de sorpresa y con poca preparación, precisamente porque no las habíamos anticipado. Desde la crisis económica hasta la pandemia.
No es la única solución, pero es la principal: que el futuro gane peso político en las democracias.
¿Qué papel cree que deben desempeñar las universidades en la construcción de una democracia más sólida?
Las universidades necesitamos recursos y paciencia. El tipo de resultados que las universidades damos, en términos de conocimiento, no se pueden alcanzar en un entorno de enorme presión, sino que requieren confianza y tiempo.
La universidad, actualmente, está en una encrucijada con la inteligencia artificial, que parece convertir en obsoleta el modo de discusión y verificación de las hipótesis.
Es un momento en el que debemos preguntarnos si lo que enseñamos tiene valor y cómo debemos enseñarlo para que, efectivamente, el conocimiento siga teniendo la centralidad que debe tener. Y para esto necesitamos tiempo.
Necesitamos invertir recursos y esfuerzo intelectual en pensar qué demanda la sociedad de nosotros, descartar respuestas a corto plazo y plantearse con radicalidad preguntas incomodas para nuestra propia sociedad.
¿Qué le diría a quienes sienten que vivimos una época de creciente desafección y pesimismo político?
Los malos, en tanto que intentan salirse con la suya mediante procedimientos autoritarios, han disparado ya reacciones en todo el mundo, interna e internacionalmente, que les van a hacer muy difícil que se lleven todo lo que quieran. Es decir, hay una cierta resistencia frente a discursos y procedimientos autoritarios.
“Para que haya democracia, tenemos que entendernos
como los autores de las decisiones”
¿Qué papel jugará la IA en la democracia del futuro? ¿Puede fortalecerla o existe el riesgo de que termine debilitando la deliberación y la participación ciudadana?
La inteligencia artificial impacta en la democracia de una doble manera: impacta en la manera de conversar, es decir, en la configuración de la conversación pública; y en la toma de decisiones.
Una democracia requiere esos dos elementos. Por un lado, que haya una buena conversación o discusión pública y calidad. Y en este punto, la inteligencia artificial, las redes sociales y todo el fenómeno de la digitalización tienen una gran ambigüedad porque, por un lado, se ha horizontalizado el discurso público (cualquiera puede intervenir), pero al mismo tiempo, eso ha provocado una gran desorientación y una gran abundancia de discursos de odio, bulos, etcétera.
Y esta cuestión de la conversación democrática la tenemos que solventar sin sacrificar el avance de horizontalización democrática.
La otra cuestión es la toma de decisiones. Para que haya democracia, tenemos que entendernos como los autores de las decisiones.
Es un sistema de autogobierno y la cuestión es qué autoría democrática podemos adjudicar a decisiones las cuales muchas están automatizadas. Esa es la gran cuestión, que requiere unas respuestas sofisticadas y diferenciadas según el caso.
Hay problemas cuya solución es mejor dejársela a las máquinas, porque hay muchos datos, las situaciones no son ambiguas y las soluciones son binarias. Si tenemos un problema de esa naturaleza podemos confiar en que las máquinas lo harán bien. Los algoritmos lo harán bien.
Ahora bien, hay muchos problemas que no tienen este carácter. Problemas salvajes, cuya problemática reside en el desconocimiento de este o que la solución no es binaria y hay una gran ambigüedad. Ante problemas de este tipo, lo mejor es que los humanos tengamos, por lo menos, una última palabra y voluntad. Y que, aunque ayudados por las máquinas, decidamos nosotros.
Al final, esto no será humanos contra máquinas. Hoy en día, la batalla política en torno a la inteligencia artificial nos enfrenta a humanos contra humanos por utilidades diferentes. Esto se acabará resolviendo en una hibridación. La cuestión es cómo ideamos esta hibridación entre humanos y máquinas, cómo convertirlo legítimo, funcional, democrático y justo; y no obligarnos a elegir entre una cosa y la otra.